En ese intervalo de incertidumbres que las caladas y los tristes paseos otorgan. En las estaciones de metro o en las periféricas cafeterías del ensayo, abrimos de nuevo, nuestra tienda de asombrosos encuentros. "Polvo de tiempo, extracto de noche, tintura de sueño, jarabe de vislumbre, gotas negras de armadura y pétalo de errancia". Entre los coches que atraviesan la ciudad y las calles intransitadas que buscan su orden precario, la mugre de la memoria nos desdibuja un trayecto alrededor de nuestra atenta mirada perdida y sobre láminas de cuchillo y aire, la noche se puebla de voces inatendidas.
Vagamos entre los hombres de la noche infinita.
Armados de copa, traje y humo.
Con las prestadas pupilas encendidas de oscuridad y tugurio.
Escuchando el crujido de las cosas deshacerse. Descomponerse en fragmentos de juego inacabado.
Hambriento de geometrías complejas. Acuciantes incordios de razón derruida y plomo cabal. Envanecidas travesías de repetición y sordera engarzan la sangre de ese tiempo que no habita en los relojes y que concede el mayor de los privilegios.
Camina ahora por las sábanas del precipicio forastero.
Erizando el plano.
Curvando la elipsis de nuestra vanidosa veleidad.
Porque en el fondo de cada palabra, el hombre encuentra un misterio último.
Una porción de verdad. Una región de experiencia no asimilada.
Una agresión que no le pertenece pero que le toca la cara. Esa cara oculta donde la resonancia de lo que no es hueso ni caja magnética ni lógica ni esfuerzo aplazado muestra su campo de acción ultrajado.
Ese terror seguro y próximo que se parece a un corazón visto desde lejos.
y que se vuelve presencia
cuando las palabras que duermen en el interior de un diccionario de bolsillo no son cadáveres ni señales luminosas que la tierra emite mientras dormimos la vida, sino que pulsa teclas que nos acercan al delgado límite donde las palabras se confunden con las traqueas, brotan de los jardines encefálicos, son la promesa de una aberrante proximidad que es nuestra, porque nos amenaza con sigilo de sombra. Nos permite cruzar los puentes mentales de la campana y la obscena residencia de lo pensado. Con la presunción de culpable tallamos el delito hasta conformar los crímenes imprecisos de una máscara. Que un día acabará coincidiendo punto por punto con la cara de un muerto. Con la resonancia del metal cubierta de musgo y orilla. La fecunda transparencia de los terrores innatos que son nuestros latidos dentro del laberinto, cuando huir es tarde o vano, cuando latir es una impostura o un quebranto, dentro de la vacuidad esbozada.
domingo, 31 de octubre de 2010
viernes, 29 de octubre de 2010
El hallador de tesoros desapercibidos
Este es un oficio reservado tan sólo a unas pocas personas. Muy al contrario de lo que se ha dicho siempre, los tesoros desapercibidos pocas veces son descubiertos por casualidad. Existe una lucha contra la realidad, una pulsión interna, un instinto de escudriñar girando el haz y envés de la gran hoja.
Casi puede decirse que el hallazgo de un tesoro desapercibido y no otro, es una consecuencia directa de la actitud o del espíritu del hallador. No es lo mismo un hallador de tesoros que un buscador de tesoros; el de buscador de tesoros desapercibidos es un oficio menor, del que no se hablará en este manual. En realidad ningún buscador de tesoros desapercibidos encontrará jamás tesoro alguno.
Los halladores de tesoros desapercibidos no buscan encontrarse con los tesoros que encuentran, simplemente pueden verlos. No persiguen la iluminación sino que la luz les invade. No pretenden la poesía, la rezuman sin quererlo. No buscan provocar el deseo: desean. No son creadores de una obra, su obra también les es indiferente, son, ante todo, creadores de una capacidad.
Tienen la capacidad de advertir realidades desapercibidas quieran o no, les guste o no, pretendan o no dedicarse a este oficio; para el cual no es necesario, como tanto se ha dicho, el don de la clarividencia ni el beneficio de la erudición.
Sólo son visionarios para con aquel trozo del tapiz que les corresponde. Los tesoros desapercibidos no se encuentran en ningún lugar, en un cofre, por ejemplo. Ningún baúl bajo el mar. Ninguna cueva. Los tesoros desapercibidos suelen encontarse en todas partes a la vez y suelen ser visibles para todo el mundo y, sin embargo nadie reparará en ellos hasta que su hallador aparezca. Los tesoros desapercibidos ocupan el espacio del mundo ordinario, se encuentran escritos en la realidad cotidiana e inmediata.
Sin duda ninguna el hallazgo de los tesoros desapercibidos es, más que un oficio, una vocación; y ni siquiera, puesto que tampoco es algo que pueda decidir el hallador: territorio de lo que simplemente ocurre, pura fenomenología del mundo, tal vez, destino.
Casi puede decirse que el hallazgo de un tesoro desapercibido y no otro, es una consecuencia directa de la actitud o del espíritu del hallador. No es lo mismo un hallador de tesoros que un buscador de tesoros; el de buscador de tesoros desapercibidos es un oficio menor, del que no se hablará en este manual. En realidad ningún buscador de tesoros desapercibidos encontrará jamás tesoro alguno.
Los halladores de tesoros desapercibidos no buscan encontrarse con los tesoros que encuentran, simplemente pueden verlos. No persiguen la iluminación sino que la luz les invade. No pretenden la poesía, la rezuman sin quererlo. No buscan provocar el deseo: desean. No son creadores de una obra, su obra también les es indiferente, son, ante todo, creadores de una capacidad.
Tienen la capacidad de advertir realidades desapercibidas quieran o no, les guste o no, pretendan o no dedicarse a este oficio; para el cual no es necesario, como tanto se ha dicho, el don de la clarividencia ni el beneficio de la erudición.
Sólo son visionarios para con aquel trozo del tapiz que les corresponde. Los tesoros desapercibidos no se encuentran en ningún lugar, en un cofre, por ejemplo. Ningún baúl bajo el mar. Ninguna cueva. Los tesoros desapercibidos suelen encontarse en todas partes a la vez y suelen ser visibles para todo el mundo y, sin embargo nadie reparará en ellos hasta que su hallador aparezca. Los tesoros desapercibidos ocupan el espacio del mundo ordinario, se encuentran escritos en la realidad cotidiana e inmediata.
Sin duda ninguna el hallazgo de los tesoros desapercibidos es, más que un oficio, una vocación; y ni siquiera, puesto que tampoco es algo que pueda decidir el hallador: territorio de lo que simplemente ocurre, pura fenomenología del mundo, tal vez, destino.
miércoles, 27 de octubre de 2010
domingo, 24 de octubre de 2010
Ego Laudationis
La consulta del doctor K. estaba situada en una de las mejores calles de Boston, Apriorisme Avenniu, por donde las mujeres de la alta sociedad lucían sus pamelas los domingos, con abundantes cafés donde los hombres de negocios leían en los periódicos las últimas noticias sobre la guerra en Europa. El doctor K. observaba todo aquel trajín desde la ventana de su consulta, y le inquietaba un mendigo que desde hacía semanas se sentaba a pedir limosna en la esquina de enfrente.
El doctor K. se había fijado en que el desdichado pedigüeño llevaba siempre consigo una botella vacía. Con los días se pudo dar cuenta de que era la misma, y lo que más le sorprendió es que, cada dos por tres, ya fuera por que pasase por delante suyo, caminando con la gabardina desplegada en un brazo y el paraguas en la otra elegantemente, o mirando furtivamente desde su ventana, lo veía con un ojo dentro de la botella, como si esta fuese un catalejo. Otras veces se cruzaba de piernas, ponía la botella sobre sus rodillas y descansaba un ojo en su borde durante ratos interminables. Al doctor K. le intrigaba tanto esta extraña actitud, que procuraba intentar saber algo más cada día.
Supo por la portera que dormía en un parque y todas las tardes iba a recoger las sobras del mercado. Un camarero al que solía pagar con justas propinas le contó que el barbudo harapiento se llamaba Coleman, que era de Canadá y que era conocida en el barrio su condición de perturbado mental, aunque, al parecer, inofensivo. Pero lo que más le chocó lo descubrió por sí mismo cuando se detuvo cerca de él con disimulo: no pedía dinero.
No llevaba ni una miserable lata para las monedas, y al fijarse en este detalle hizo memoria en sus recuerdos y, a pesar de ser el mendigo de la esquina de enfrente, en apariencia, jamás había presenciado como alguien le lanzaba una moneda. Parecía, en efecto, un loco al que le había dado por sentarse allí a ver la gente pasar y a mirar por el ojo de su botella vacía. El doctor K. le miró fijamente, estudiándolo, y casi estuvo a punto de hablarle, pero prosiguió su camino, confundido entre los transeúntes.
El misterioso hombre harapiento se entretenía viendo a la gente pasar. Era algo que contemplaba maravillado, como si ése fuese el más prodigioso de los bailes. Sujetaba su botella vacía con una mano, y la acariciaba con ternura. A veces jugaba a mirar solamente los pies, y la populosa acera se convertía en un río caudaloso en el que parejas de pies, pies con ojos, pies con gafas, pies-pez, pies-nariz, pies-cometa, ejecutaban la graciosísima danza de un submundo prohibido. A cada ratito, dejaba de contemplar la calle y metía un ojo por la boca de la botella como si esta fuese un caleidoscopio.
A cada día que iba pasando, el doctor K. observaba cada vez más intrigado el quehacer de este individuo. El diván estaba junto a la ventana y se sentaba enfrente a escuchar a sus pacientes, lo que le permitía distraerse mirando a la calle con la mayor discreción. La actitud que tenía con su botella vacía era de lo más pintoresco, y se le antojó una obsesión psicológica digna de estudio, además de una ocasión para intentar ayudar desinteresadamente a un hombre en tan menesterosa situación, mas todos estos fueron argumentos que se dio a sí mismo para ocultar que su verdadera motivación era la curiosidad.
Eran las doce del medio día. El vagabundo estaba sentado donde siempre. Miraba a la gente pasar y acariciaba su botella vacía con dulzura. El doctor K. se le acercó y le habló así:
–Buenos días, señor. Yo trabajo ahí enfrente y me he fijado en que usted se sienta aquí todos los días.
–¿De verdad?–le respondió el sucio barbudo con sarcasmo.
–Verá usted...-al doctor K. le costaba arrancarse.
–¿Si?
–He pensado que tal vez yo podría ayudarle con su problema.
–¿Mi problema? ¿Qué problema?–preguntó desconcertado.
–Pues que usted esté aquí tirado en la calle.
–No se preocupe, caballero, eso para mí no es un problema. Es una vocación.
–¿Una vocación?
–Así es. Yo no soy un mendigo, no pido dinero. Sólo me gusta ver a la gente pasar. Por eso me siento aquí.
–¿Me permite una pregunta?
–Claro, joven-le dijo aunque ambos tenían la misma edad.
–¿Por qué lleva siempre con usted esa botella vacía?
–¿De verdad quiere usted que se lo cuente?
–Por su puesto–dijo el doctor K. impaciente.
–Pues verá usted, caballero, hace muchos años, hace ya muchos años yo era un hombre normal, como usted y como tantos otros que circulan por esta avenida. Trabajaba como carpintero, un oficio que heredé de mi padre y con el que me ganaba el sustento honradamente. Siempre fui a los ojos de los demás un tipo cabal, un chico responsable, todo eso, ya sabe usted; hasta que apareció en mi vida la botella.
–¿Quiere decir que se dio usted a la bebida?
–No, hombre, no!–respondió enfadado–Ésta botella. Ésta!-gritó señalando el manido pedazo de vidrio que siempre le acompañaba. Supongo que le sonará muy extraño, pero esta botella, señor, no es lo que parece. Es mágica. La encontré por casualidad en un campo de maíz. El caso es que desde que la encontré no pude dejar de mirar a través de ella, de silbar en su borde y de tenerla entre mis manos. Llegó un momento que mi atracción por aquella botella superó todas las barreras, y ya no me importaba otra cosa. Mi mujer me abandonó, me despidieron del trabajo y todo el mundo en el pueblo me trataba de loco, sólo por el hecho de dedicar horas y horas a una cosa absurda e inútil como es mirar por el ojo de una botella.
El doctor K. se quedó pensativo. Miró al hombre de la botella y pensó rápidamente en varios posibles diagnósticos, sin dar demasiada credibilidad a su historia.
–¿Y no se siente usted atrapado en la botella, atrapado en si mismo?
–¿Por qué dice eso?
–Piense que usted ha renunciado a todo por su manía de mirar a través de esta botella de vidrio, y lo ha perdido todo, su pueblo, su trabajo, y su mujer.
–No, se equivoca. Todo es más complicado. Es que resulta que mi mujer y mi pueblo están dentro de la botella.
–¿En serio? ¿Y qué más hay dentro de la botella?
–La pregunta, caballero, sería "qué hay que no esté dentro de la botella", pues todo lo que está fuera de la botella, existe también dentro de la botella.
–¿Y no teme usted que todo esto sea sólo un producto de su imaginación?
–Aunque así fuese, ¿Qué más daría? ¿No daría igual acaso si la vida fuese un sueño? ¿Cree usted que me encierro dentro de una botella?
–Así lo creo. Está usted atrapado dentro.
–Sepa usted que un hombre está igualmente atrapado en una celda que en un inmenso desierto.
–Pero usted, esta siempre aquí solo. Esta usted atrapado en usted mismo! En su propia locura!–le dijo finalmente el doctor K. perdiendo los nervios.
–Como ya le he dicho, caballero, usted está atrapado en usted mismo, tanto como cada cual, y ambos estamos encerrados y perdidos, hagamos lo que hagamos, ¿No lo comprende?
–Creo que quien no lo comprende es usted. Usted está atrapado en su propio yo y en sus fantasías.
–Miré usted, caballero, no hay otra manera de ser yo que siendo yo, y no existe camino intermedio posible ni sendero que seguir para convertirme en mi mismo. Sepa usted señor, que yo soy un cantor del Yo-eléctrico.
–Pero esa cosa a la que usted llama yo, es una vana ilusión, y además en caso de existir, de seguro es un lugar muy pequeño y maloliente, en el cual se mecen las heces del espíritu.
–Yo no lo creo así, pues he visto que es tan infinito y admirable como la noche, y me emociona pensar en la idea del "yo" y en el individuo, ¿Comprende?
El doctor K. no daba crédito. Aquel hombre era realmente pintoresco y original. No se parecía a nadie que hubiese conocido antes.
-Y, dígame, ¿Por qué es mágica esa botella?
-Esta botella, caballero, es capaz de mostrar el interior de las personas que miren a través. Le dejaré mirar si no se lo cuenta a nadie, quiero seguir pasando desapercibido.
El vagabundo le hizo un gesto para que se acercase. El doctor K. se sonrió de la ocurrencia. El viento hacía danzar las hojas del otoño. Se arrebujó en su gabardina, se sentó junto a él y cogió la botella entre sus manos.
-Mire por la botella y verá usted su yo.
El doctor K. miró por la botella: sintió un enorme vértigo y contempló los astros girando a toda velocidad alrededor del sol.
El doctor K. se había fijado en que el desdichado pedigüeño llevaba siempre consigo una botella vacía. Con los días se pudo dar cuenta de que era la misma, y lo que más le sorprendió es que, cada dos por tres, ya fuera por que pasase por delante suyo, caminando con la gabardina desplegada en un brazo y el paraguas en la otra elegantemente, o mirando furtivamente desde su ventana, lo veía con un ojo dentro de la botella, como si esta fuese un catalejo. Otras veces se cruzaba de piernas, ponía la botella sobre sus rodillas y descansaba un ojo en su borde durante ratos interminables. Al doctor K. le intrigaba tanto esta extraña actitud, que procuraba intentar saber algo más cada día.
Supo por la portera que dormía en un parque y todas las tardes iba a recoger las sobras del mercado. Un camarero al que solía pagar con justas propinas le contó que el barbudo harapiento se llamaba Coleman, que era de Canadá y que era conocida en el barrio su condición de perturbado mental, aunque, al parecer, inofensivo. Pero lo que más le chocó lo descubrió por sí mismo cuando se detuvo cerca de él con disimulo: no pedía dinero.
No llevaba ni una miserable lata para las monedas, y al fijarse en este detalle hizo memoria en sus recuerdos y, a pesar de ser el mendigo de la esquina de enfrente, en apariencia, jamás había presenciado como alguien le lanzaba una moneda. Parecía, en efecto, un loco al que le había dado por sentarse allí a ver la gente pasar y a mirar por el ojo de su botella vacía. El doctor K. le miró fijamente, estudiándolo, y casi estuvo a punto de hablarle, pero prosiguió su camino, confundido entre los transeúntes.
El misterioso hombre harapiento se entretenía viendo a la gente pasar. Era algo que contemplaba maravillado, como si ése fuese el más prodigioso de los bailes. Sujetaba su botella vacía con una mano, y la acariciaba con ternura. A veces jugaba a mirar solamente los pies, y la populosa acera se convertía en un río caudaloso en el que parejas de pies, pies con ojos, pies con gafas, pies-pez, pies-nariz, pies-cometa, ejecutaban la graciosísima danza de un submundo prohibido. A cada ratito, dejaba de contemplar la calle y metía un ojo por la boca de la botella como si esta fuese un caleidoscopio.
A cada día que iba pasando, el doctor K. observaba cada vez más intrigado el quehacer de este individuo. El diván estaba junto a la ventana y se sentaba enfrente a escuchar a sus pacientes, lo que le permitía distraerse mirando a la calle con la mayor discreción. La actitud que tenía con su botella vacía era de lo más pintoresco, y se le antojó una obsesión psicológica digna de estudio, además de una ocasión para intentar ayudar desinteresadamente a un hombre en tan menesterosa situación, mas todos estos fueron argumentos que se dio a sí mismo para ocultar que su verdadera motivación era la curiosidad.
Eran las doce del medio día. El vagabundo estaba sentado donde siempre. Miraba a la gente pasar y acariciaba su botella vacía con dulzura. El doctor K. se le acercó y le habló así:
–Buenos días, señor. Yo trabajo ahí enfrente y me he fijado en que usted se sienta aquí todos los días.
–¿De verdad?–le respondió el sucio barbudo con sarcasmo.
–Verá usted...-al doctor K. le costaba arrancarse.
–¿Si?
–He pensado que tal vez yo podría ayudarle con su problema.
–¿Mi problema? ¿Qué problema?–preguntó desconcertado.
–Pues que usted esté aquí tirado en la calle.
–No se preocupe, caballero, eso para mí no es un problema. Es una vocación.
–¿Una vocación?
–Así es. Yo no soy un mendigo, no pido dinero. Sólo me gusta ver a la gente pasar. Por eso me siento aquí.
–¿Me permite una pregunta?
–Claro, joven-le dijo aunque ambos tenían la misma edad.
–¿Por qué lleva siempre con usted esa botella vacía?
–¿De verdad quiere usted que se lo cuente?
–Por su puesto–dijo el doctor K. impaciente.
–Pues verá usted, caballero, hace muchos años, hace ya muchos años yo era un hombre normal, como usted y como tantos otros que circulan por esta avenida. Trabajaba como carpintero, un oficio que heredé de mi padre y con el que me ganaba el sustento honradamente. Siempre fui a los ojos de los demás un tipo cabal, un chico responsable, todo eso, ya sabe usted; hasta que apareció en mi vida la botella.
–¿Quiere decir que se dio usted a la bebida?
–No, hombre, no!–respondió enfadado–Ésta botella. Ésta!-gritó señalando el manido pedazo de vidrio que siempre le acompañaba. Supongo que le sonará muy extraño, pero esta botella, señor, no es lo que parece. Es mágica. La encontré por casualidad en un campo de maíz. El caso es que desde que la encontré no pude dejar de mirar a través de ella, de silbar en su borde y de tenerla entre mis manos. Llegó un momento que mi atracción por aquella botella superó todas las barreras, y ya no me importaba otra cosa. Mi mujer me abandonó, me despidieron del trabajo y todo el mundo en el pueblo me trataba de loco, sólo por el hecho de dedicar horas y horas a una cosa absurda e inútil como es mirar por el ojo de una botella.
El doctor K. se quedó pensativo. Miró al hombre de la botella y pensó rápidamente en varios posibles diagnósticos, sin dar demasiada credibilidad a su historia.
–¿Y no se siente usted atrapado en la botella, atrapado en si mismo?
–¿Por qué dice eso?
–Piense que usted ha renunciado a todo por su manía de mirar a través de esta botella de vidrio, y lo ha perdido todo, su pueblo, su trabajo, y su mujer.
–No, se equivoca. Todo es más complicado. Es que resulta que mi mujer y mi pueblo están dentro de la botella.
–¿En serio? ¿Y qué más hay dentro de la botella?
–La pregunta, caballero, sería "qué hay que no esté dentro de la botella", pues todo lo que está fuera de la botella, existe también dentro de la botella.
–¿Y no teme usted que todo esto sea sólo un producto de su imaginación?
–Aunque así fuese, ¿Qué más daría? ¿No daría igual acaso si la vida fuese un sueño? ¿Cree usted que me encierro dentro de una botella?
–Así lo creo. Está usted atrapado dentro.
–Sepa usted que un hombre está igualmente atrapado en una celda que en un inmenso desierto.
–Pero usted, esta siempre aquí solo. Esta usted atrapado en usted mismo! En su propia locura!–le dijo finalmente el doctor K. perdiendo los nervios.
–Como ya le he dicho, caballero, usted está atrapado en usted mismo, tanto como cada cual, y ambos estamos encerrados y perdidos, hagamos lo que hagamos, ¿No lo comprende?
–Creo que quien no lo comprende es usted. Usted está atrapado en su propio yo y en sus fantasías.
–Miré usted, caballero, no hay otra manera de ser yo que siendo yo, y no existe camino intermedio posible ni sendero que seguir para convertirme en mi mismo. Sepa usted señor, que yo soy un cantor del Yo-eléctrico.
–Pero esa cosa a la que usted llama yo, es una vana ilusión, y además en caso de existir, de seguro es un lugar muy pequeño y maloliente, en el cual se mecen las heces del espíritu.
–Yo no lo creo así, pues he visto que es tan infinito y admirable como la noche, y me emociona pensar en la idea del "yo" y en el individuo, ¿Comprende?
El doctor K. no daba crédito. Aquel hombre era realmente pintoresco y original. No se parecía a nadie que hubiese conocido antes.
-Y, dígame, ¿Por qué es mágica esa botella?
-Esta botella, caballero, es capaz de mostrar el interior de las personas que miren a través. Le dejaré mirar si no se lo cuenta a nadie, quiero seguir pasando desapercibido.
El vagabundo le hizo un gesto para que se acercase. El doctor K. se sonrió de la ocurrencia. El viento hacía danzar las hojas del otoño. Se arrebujó en su gabardina, se sentó junto a él y cogió la botella entre sus manos.
-Mire por la botella y verá usted su yo.
El doctor K. miró por la botella: sintió un enorme vértigo y contempló los astros girando a toda velocidad alrededor del sol.
viernes, 22 de octubre de 2010
miércoles, 20 de octubre de 2010
Carta a un joven vigilante de cajas vacías
Buenas Noches Buba:
Ahora que la cerveza brilla en los contornos de mis labios y la geografía es tan perfecta como un lecho fresco. Me tumbo sobre el folio porque me apetece contarte cosas y escribirte una carta de buenas noches. Sin duda pensarás que soy un bocadillo de pus, que no tengo remedio y que mis pies huelen tan mal como los de cualquier mortal. Tendrás razón. No habrá nada en estas lineas que no haya dicho antes.
Tan sólo introduzco el indice en el orificio de mi ano y lo llevo a la hoja
eso es todo
Pero es que aquel portero se estiró tanto en su parada que se acabó transformando en un lirio. Impidió marcar el gol
pero a la salida del estadio los hinchas del club contrario lo llevaron al mercado, y esparcieron los pétalos de su carne por las plazas de la hopalanda.
Guardameta
vigilante de las cajas ahumadas de nuestros sueños y tu tímida funda
y la de tus guantes
guantes
guantes
guantes
eternos
y tu silbato
Buba
eres el mejor portero del mundo
la araña negra que proteje con sus hilos la virginidad de nuestra guarida inmaculada
Esta tarde estuvistes genial
Lo vigilaste todo
gritos, disparos, flashes
eres opaco, traslúcido, cacofónico
a pesar de que tus padres fueron
dos patinadores artisticos que ejecutaron como soldados del frío sus métricas acrobacias. Se odiaban, si, pero sus cuchillas sesgaron con surcos perfectos la rigidez del hielo de su amor.
y de allí naciste tu
para llegar a donde nadie llega
Ahora sobre el paredón lo veo todo tras la victoria
todo claro entre cánticos y vitores de pandereta y garrafa
al finalizar tu jornada de vigilante
Eres tan importante como ese bombero
que invitado a hospedarse en el hotel de las llamas
pecho de lobo y temeridad
logró con un mangerazo ecuánime escuchar la dialéctica de los perros del infierno mordiendo su hipoteca
amor
En una de las habitaciones del último piso una mujer duerme rodeada de barbitúricos
y a él le recuerda a Marilyn.
y él la levanta, con sus robustos brazos, y la saca por la ventana
donde le espera la escalera y tel resto de sus compañeros.
Justo cuando esta apunto de besar sus labios y convertirse en un héroe en el vecindario, ella se resbala y se escurre entre la grasa de tu traje.
pudo haber sido tu mujer
la madre de sus hijos
la muchacha que te condujera a la locura
Pero
La muchacha cae
cae
cae
La duración de nuestras pasiones no depende de nosotros, así como tampoco la duración de nuestras vidas...
antes de quebrarse como una durmiente galleta de porcelana surgen dos alas de su lengua y salpica con su belleza las aceras del peligro. Un charco de perfume y huesos y entrañas asciende en el aire intoxicado de la noche.
Como la nube negra de un incendio enjuagado con lágrimas de estrella cinematográfica
ocupará las portadas de las sección de sucesos poéticos
El edificio es un esqueleto gigante de columnas carbonizadas
Los cocodrilos aplauden con sus fauces la cercanía del pantano y la entrega copiosa de los basureros.
A donde irán a parar nuestras maletas y tu uniforme de vigilante y esta carta
Somos tímidos principes enjaulados entre los barrotes de la basura
Pero las pelucas flotan en el viento
y la suave brisa balancea los cascos de las barcas
La ciudad es un vals decadente
Mira el puerto
y los adolescentes en el muelle devorando las bolsas de gusanitos
No lo notas, Buba,
como ascienden sus risas
mientras saltan subidos en las elásticas colchonetas de sus corazones electrocutados
donde sueñan llegar alto
y ser jardineros
carteristas
alcohólicos
parados
farsantes
y los dientes brillan en el parque de las agujas
Y las estatuas en los jardines giran con vanidad de veleta.
Y cualquier mal paso puede conducirte a tu meta
Son tan bellos los brillos de los cigarros en la barra
Mira ese árbol como muestra sus corpulentas raices como el forzudo de una feria ambulante
cubierto por musgo y parejas de enamorados que discuten el precio de las cosas en armenio
en latín, en griego, en sánscrito
y las lenguas friendose en la parrilla de un bar de moda
toda la vida del mundo al calorcito de los molinillos de viento
y las minifaldas
que pasan tan cerca que se pueden rozar con la piel de un malgesto
los maniquies pasean entre las palmeras y los muelles
discretamente abrazados
discretamente iguales
Los suicidas beben despacio la cadencia del verano la sed de las crónicas
de un día fulminado
perdido
en los ceniceros para siempre
Pide otra cerveza
y verás más nítido el porvenir
Un fascista sale a su balcón y creyendo que es un atril se arroja a las masas enfervorecidas.
Sus extremidades pasan a humedecerse en enormes tinajas de horxata.
Los niños y las palomas picotean telegramas
mientras sus abuelas degustan el manjar de estas noches entre cuchicheos y anecdotas desternillantes
y en sus pecas los fariseos contemplan mensajes cifrados como si fuera la piel de un leopardo.
Que rica esta la horxata mojada con un brazo de fascita!
Todos en la plaza discuten y se acarician las miserias.
cábalas para llegar a fin de mes
geometría caotica del palo
A mi no me quieren
Yo estoy sólo
No tengo dinero
Mi jefe me odia
Quiero follar contigo
Ser alguien el día de mañana
Los jovenes inquietos traman la posibilidad de fugarse de la ciudad
para ser mejores idiotas en otra parte
para ser más profesionales y certeros con sus payasadas
y obtener un sueldo acorde con sus ágiles comentarios
Críticos
son críticos
y van sembrando las baldosas con las jugosas semillas de sus juicios
Pipas cáscaras de pipas en el porvenir
Las palomas se agrietan en el aire fecundo de la noche
Las ratas abarrotan las terrazas de los bares
y juegan en circulos a encontrar su silla
No ves la vida, Buba
es genuina
deteriorada
rutilante
A la puerta del cine hacen cola los alienígenas para ver como exterminar su progenie
pero al salir todos han visto la pelicula de sus vidas estampadas contra la pantalla de la eternidad.
Todos su gestos encajados en moldes de escayola
para repetirse en la oscuridad de sus cuartos pesadillas vestidas con lentejuelas se contornean en el fondo de los armarios
disecados en cámaras de frágil cianuro y etanol
por fin las avionetas
y los submarinistas heredaran el aire que vive en los mapas
Los relojes de arena, el compás, las brújulas simulando la entrega de un cuadernillo encarado
donde de nada sirva mentir
exploradores de las retinas últimas
inundando tu vigilancia
la perseverancia de tu rutina psíquica
Campánula de juerga
cisterna de oxido
escombro de la mañana
deslumbrados por la totalitaria dejadez de las flores y su perfume periódico
La apariencia se expande por tu jornada laboral mientras tu vigilas y ganas dignamente tu mísero jornal de primer mundo
Mientras los camareros te esperan en la cúspide de su particulares antros
tratan de acariciar el cálido perfil de las propinas
Las heridas de los ricos dejan migajas de cobre sobre la sangre abierta de los trabajadores
Ahora que la cerveza brilla en los contornos de mis labios y la geografía es tan perfecta como un lecho fresco. Me tumbo sobre el folio porque me apetece contarte cosas y escribirte una carta de buenas noches. Sin duda pensarás que soy un bocadillo de pus, que no tengo remedio y que mis pies huelen tan mal como los de cualquier mortal. Tendrás razón. No habrá nada en estas lineas que no haya dicho antes.
Tan sólo introduzco el indice en el orificio de mi ano y lo llevo a la hoja
eso es todo
Pero es que aquel portero se estiró tanto en su parada que se acabó transformando en un lirio. Impidió marcar el gol
pero a la salida del estadio los hinchas del club contrario lo llevaron al mercado, y esparcieron los pétalos de su carne por las plazas de la hopalanda.
Guardameta
vigilante de las cajas ahumadas de nuestros sueños y tu tímida funda
y la de tus guantes
guantes
guantes
guantes
eternos
y tu silbato
Buba
eres el mejor portero del mundo
la araña negra que proteje con sus hilos la virginidad de nuestra guarida inmaculada
Esta tarde estuvistes genial
Lo vigilaste todo
gritos, disparos, flashes
eres opaco, traslúcido, cacofónico
a pesar de que tus padres fueron
dos patinadores artisticos que ejecutaron como soldados del frío sus métricas acrobacias. Se odiaban, si, pero sus cuchillas sesgaron con surcos perfectos la rigidez del hielo de su amor.
y de allí naciste tu
para llegar a donde nadie llega
Ahora sobre el paredón lo veo todo tras la victoria
todo claro entre cánticos y vitores de pandereta y garrafa
al finalizar tu jornada de vigilante
Eres tan importante como ese bombero
que invitado a hospedarse en el hotel de las llamas
pecho de lobo y temeridad
logró con un mangerazo ecuánime escuchar la dialéctica de los perros del infierno mordiendo su hipoteca
amor
En una de las habitaciones del último piso una mujer duerme rodeada de barbitúricos
y a él le recuerda a Marilyn.
y él la levanta, con sus robustos brazos, y la saca por la ventana
donde le espera la escalera y tel resto de sus compañeros.
Justo cuando esta apunto de besar sus labios y convertirse en un héroe en el vecindario, ella se resbala y se escurre entre la grasa de tu traje.
pudo haber sido tu mujer
la madre de sus hijos
la muchacha que te condujera a la locura
Pero
La muchacha cae
cae
cae
La duración de nuestras pasiones no depende de nosotros, así como tampoco la duración de nuestras vidas...
antes de quebrarse como una durmiente galleta de porcelana surgen dos alas de su lengua y salpica con su belleza las aceras del peligro. Un charco de perfume y huesos y entrañas asciende en el aire intoxicado de la noche.
Como la nube negra de un incendio enjuagado con lágrimas de estrella cinematográfica
ocupará las portadas de las sección de sucesos poéticos
El edificio es un esqueleto gigante de columnas carbonizadas
Los cocodrilos aplauden con sus fauces la cercanía del pantano y la entrega copiosa de los basureros.
A donde irán a parar nuestras maletas y tu uniforme de vigilante y esta carta
Somos tímidos principes enjaulados entre los barrotes de la basura
Pero las pelucas flotan en el viento
y la suave brisa balancea los cascos de las barcas
La ciudad es un vals decadente
Mira el puerto
y los adolescentes en el muelle devorando las bolsas de gusanitos
No lo notas, Buba,
como ascienden sus risas
mientras saltan subidos en las elásticas colchonetas de sus corazones electrocutados
donde sueñan llegar alto
y ser jardineros
carteristas
alcohólicos
parados
farsantes
y los dientes brillan en el parque de las agujas
Y las estatuas en los jardines giran con vanidad de veleta.
Y cualquier mal paso puede conducirte a tu meta
Son tan bellos los brillos de los cigarros en la barra
Mira ese árbol como muestra sus corpulentas raices como el forzudo de una feria ambulante
cubierto por musgo y parejas de enamorados que discuten el precio de las cosas en armenio
en latín, en griego, en sánscrito
y las lenguas friendose en la parrilla de un bar de moda
toda la vida del mundo al calorcito de los molinillos de viento
y las minifaldas
que pasan tan cerca que se pueden rozar con la piel de un malgesto
los maniquies pasean entre las palmeras y los muelles
discretamente abrazados
discretamente iguales
Los suicidas beben despacio la cadencia del verano la sed de las crónicas
de un día fulminado
perdido
en los ceniceros para siempre
Pide otra cerveza
y verás más nítido el porvenir
Un fascista sale a su balcón y creyendo que es un atril se arroja a las masas enfervorecidas.
Sus extremidades pasan a humedecerse en enormes tinajas de horxata.
Los niños y las palomas picotean telegramas
mientras sus abuelas degustan el manjar de estas noches entre cuchicheos y anecdotas desternillantes
y en sus pecas los fariseos contemplan mensajes cifrados como si fuera la piel de un leopardo.
Que rica esta la horxata mojada con un brazo de fascita!
Todos en la plaza discuten y se acarician las miserias.
cábalas para llegar a fin de mes
geometría caotica del palo
A mi no me quieren
Yo estoy sólo
No tengo dinero
Mi jefe me odia
Quiero follar contigo
Ser alguien el día de mañana
Los jovenes inquietos traman la posibilidad de fugarse de la ciudad
para ser mejores idiotas en otra parte
para ser más profesionales y certeros con sus payasadas
y obtener un sueldo acorde con sus ágiles comentarios
Críticos
son críticos
y van sembrando las baldosas con las jugosas semillas de sus juicios
Pipas cáscaras de pipas en el porvenir
Las palomas se agrietan en el aire fecundo de la noche
Las ratas abarrotan las terrazas de los bares
y juegan en circulos a encontrar su silla
No ves la vida, Buba
es genuina
deteriorada
rutilante
A la puerta del cine hacen cola los alienígenas para ver como exterminar su progenie
pero al salir todos han visto la pelicula de sus vidas estampadas contra la pantalla de la eternidad.
Todos su gestos encajados en moldes de escayola
para repetirse en la oscuridad de sus cuartos pesadillas vestidas con lentejuelas se contornean en el fondo de los armarios
disecados en cámaras de frágil cianuro y etanol
por fin las avionetas
y los submarinistas heredaran el aire que vive en los mapas
Los relojes de arena, el compás, las brújulas simulando la entrega de un cuadernillo encarado
donde de nada sirva mentir
exploradores de las retinas últimas
inundando tu vigilancia
la perseverancia de tu rutina psíquica
Campánula de juerga
cisterna de oxido
escombro de la mañana
deslumbrados por la totalitaria dejadez de las flores y su perfume periódico
La apariencia se expande por tu jornada laboral mientras tu vigilas y ganas dignamente tu mísero jornal de primer mundo
Mientras los camareros te esperan en la cúspide de su particulares antros
tratan de acariciar el cálido perfil de las propinas
Las heridas de los ricos dejan migajas de cobre sobre la sangre abierta de los trabajadores
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